Reflexiones

¿Necesitamos señales?

Es así. Cada vez más necesitamos que nos den una prueba, una señal… seguridad. Entonces y solo entonces nos “fiamos”, “arriesgamos”, nos comprometemos con el otro y le damos credibilidad y sitio en nuestra vida. Pero ¿qué clase de confianza es esa? ¿Cuál es el riesgo?

Cada vez más establecemos nuestras relaciones desde esta “confianza” probada y vamos dejando a un lado la gratuidad de apostar por dar el primer paso, como quisiéramos que otros hicieran con nosotros.

Damos fuerza a esos mensajes que deambulan, aparentemente por todas partes, pero en realidad, tan solo en nuestras ideas: piensa mal y acertaras, no te puedes fiar de nadie, todo el mundo se aprovecha, la gente va solo a lo suyo… son palabras muy duras que brotan quizás de una mala experiencia (¿una de cuántas?), y que subimos enseguida a un pedestal reconociéndolas como palabras de verdad inefable.

Nos llevan a vivir desde la desconfianza, el individualismo y el interés… aquello que sutilmente echamos en cara al mundo se va convirtiendo en nuestra manera de vivir. ¿Realmente queremos vivir desde la amargura y el dolor? Entonces ¿Por qué esa inercia inconsciente a quedarnos con el vaso medio vacío?

¿Qué tal si, a contracorriente, damos un paso de confianza? Propongo rescatar esos otros mensajes, mucho más reales y casi siempre silenciados, para devolverles el valor que tienen: una palabra cordial, un gesto amable, gratuito, una sonrisa, una mirada nueva, sin reproches, un favor a quien está a nuestro lado, una mano tendida que hace el trabajo más llevadero, una presencia cercana que pregunta de corazón “Tú, ¿cómo estás?”… Son, en más de una ocasión, los gestos que hacen nuestros días nuevos, diferentes, mucho más vivos; la sal que nos deja buen sabor en el corazón. ¿Por qué no dejar que estos gestos nos toquen profundamente y salen también nuestra manera de pensar?

Solo el que da el paso y se lanza a vivir así, apostando por gestos de confianza y generosidad, descubre que merece la pena. Siempre. Más allá de cómo reaccionen los demás. Porque su corazón no está orientado a ahogarse en lo negativo, sino a crecer en la bondad.

Eso sí, no hay pruebas, ¡hay que fiarse!

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