Profundizando SS.CC

Gustad a Dios en el camino de la vida

¿A qué sabe Dios? ¿Cómo podemos reconocer su presencia,
degustar su esencia, su aroma, su sabor en medio de lo que vivimos?

A veces necesitamos subir, elevarnos por encima de los contratiempos, de las dificultades… y aprender a otear horizontes que realimenten nuestras ilusiones y esperanzas. Vislumbrar nuestros deseos y sueños más auténticos, más verdaderos. Allí donde nuestros sueños sintonizan con el sueño de Dios: de fraternidad, de justicia, de inclusión, de perdón… allí podemos gustar a Dios en su Reino.

A veces necesitamos bajar, abajarnos, ir al fondo de las cosas, concretar para acoger con objetividad y transparencia la realidad. Nombrar lo que nos duele y lo que nos hace feliz. Lo que nos pierde y lo que nos ayuda. Lo que es tentación para nosotros, y lo que se vuelve salvación. Lo concreto es lo que nos ayuda a ir pisando suelo para poder avanzar en verdad, teniendo en cuenta la realidad, siendo objetivos y justos con ella y con nosotros. Allí donde concretamos nuestra existencia, nuestras opciones y compromisos, nuestro amor, nuestro tiempo… allí, podemos gustar a Dios comprometido con nosotros, caminando a nuestro lado.

En la Eucaristía, en ese abajarse de Dios, aquí y ahora, en la sencillez y entrega del que se hace pan y vino en nuestro camino, formando parte de forma real, comprometida y concreta de nuestra historia… allí podemos gustar a Dios.

Otras veces necesitamos entrar, atravesar nuestros miedos y fantasmas, hacer silencio, dialogar con nosotros mismos, palpar nuestras entrañas, escucharnos, acariciar nuestros desvelos, tasar nuestras energías, identificar nuestras heridas, hacer memoria de nuestra historia, re-conocernos y querernos como Dios nos quiere… darnos cuenta de cuánto hemos recibido, de cuánto nos ha sido dado.
Allí donde nos reconocemos en camino, imperfectos y con limitaciones, y también capaces de amar, de perdonar, de entregarnos, de sonreír, de esperar, de ofrecer cariño y comprensión, de creer, de arriesgar, de comprometernos… allí podemos gustar a Dios, participando y engrandeciendo nuestra humanidad en Jesús.

Y otras veces lo que necesitamos es salir, mirar afuera, dejar que nos tomen de la mano y nos saquen de donde andamos, quizás, un poco ofuscados: un problema que nos preocupa, una situación que no terminamos de encajar, una relación que nos absorbe…

En momentos así constatamos que es verdad aquello de que “no podemos solos”, que no somos capaces de resolverlo todo por nosotros mismos, y que necesitamos de los demás. Allí donde aprendemos a reconocer esto con paz, sin demasiadas complicaciones, allí donde la vida nos enseña a ser humildes, a dejarnos ayudar por otros y que sean otros los que nos ofrezcan una nueva luz, una nueva mirada, un horizonte de nuevas posibilidades… allí podemos gustar a Dios en los hermanos.

 

Nuestro fundador, el Buen Padre, aprendió a identificar, en medio de su historia y su contexto, lo que huele a Reino; aprendió a intuir la Voluntad de Dios, acompasando sus sueños, deseos y motivaciones con los sueños, deseos y motivaciones de Dios. También aprendió a saborear y amar la Eucaristía, encontrando en ella su fortaleza y su descanso. Aprendió a escuchar a Jesús y su Evangelio, comprometiendo su vida en la oración y en la relacióncon los demás, desde la entrega, el servicio y el amor. Aprendió a reconocer a Dios encarnado en los hermanos, caminando con otros, construyendo comunidad, dejándose sostener e iluminar por otros.

Por eso, con radicalidad y desde la experiencia de quien se vive solo para Dios, puede llegar a expresar con pleno significado esta confesión de fe que se nos regala también a nosotros hoy:

“Gustad, gustad a Dios en el viaje de la vida; sólo Él es bueno, su voluntad es la única buena. Fuera de su corazón no hay más que amargura.”

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