Actividades Pastoral

Molokai

Todo comenzó con un cartel sobre el cristal de una frutería cuando llamó mi atención: qué sería aquello que se hacía llamar molokai.

Una experiencia que va más allá de tomar un simple café con un desconocido, que es algo más que charlar con alguien que lo necesita o conseguir apaciguar su hambre… Es un crecimiento personal, es tener conciencia de dónde y cómo vivimos, es aprender a valorar lo esencial de nuestra existencia…
Aquel septiembre cuando decidí participar en el proyecto molokai no tenía apenas una idea de lo que sería afrontar la nueva manera de ver el mundo.

Aún recuerdo el nerviosismo, las mariposas en el estómago que no dejaban de revolotear mientras me dirigía a la casa del Padre Damián en mi primer día. La incertidumbre no conseguía alejarse: cómo nos tratarían, de qué conversaríamos, qué nos preguntarían… Y he de confesar que con cada nuevo acercamiento volvía a sentir las mismas mariposas…

A día de hoy intentando rememorarlo, no puedo dejar de pensar en la sensación de impotencia que todos y cada uno de los días me desgarraba. Qué habían hecho todas aquellas personas para tener que sufrir su destino. Y no me refiero a las duras condiciones de vivir en la calle, que también son importantes, sino en aquella indiferencia de la sociedad, en las duras miradas que le lanzaban – sí le lanzaban- como si de escoria se tratasen (miradas que yo también padecí cuando conversaba con ellos)…

Pero los momentos más duros llegaban cada noche al regresar a casa. Como antes de dormir, tumbada en mi cama pasaban todos sus nombres por mi cabeza: dónde y cómo estarían… Pero de vez en cuando una sonrisa asomaba entre mis labios pensando que quizás gracias a nosotros hoy alguien se hubiese dirigido a ellos y no solo para tirarle una moneda desde lo alto, y así intentar limpiar la mala conciencia.

No pretendo juzgar a nadie, entendedme bien, yo misma en esta experiencia he podido llegar a sentir mi egoísmo. Uno de los momentos que más regresan a mi memoria es una conversación en la puerta de una iglesia: me acerqué para sentarme junto a ella. Era diciembre, la noche estaba cerrada y la niebla de la meseta ya penetraba en los huesos. Durante toda la conversación solo podía pensar en el frío que me recorría todo el cuerpo al estar sentada en el gélido suelo. Y yo solo llevaba allí diez o doce minutos… cómo se sentiría ella al saber que aquel lugar sería lo que le esperaba durante toda la noche.

En este punto no puedo dejar de comentar la gran ilusión que me produjo conocer que una de ellas se había interesado por mí. Aunque os parezca una simpleza, para mí es importante. Después de un mes y solo habiendo compartido unos pocos minutos, me recordaba e incluso le preocupaba.

Y aquí me gustaría proponeros una reflexión: si para mí, una persona que se siente querida por su familia y amigos, es tan importante, cuán será para ellos, que quizás muchos se pasen el día sin apenas intercambiar alguna palabra, sin tener un gesto de afecto, sin sentir el contacto de la piel de otra persona…

Me alegro de que el destino hiciese que aquel día por casualidad viese aquel cartel, porque gracias al proyecto molokai he podido sentir como todas aquellas personas con las que he compartido un café, también con los compañeros, me han hecho conocer la realidad en la que vivimos. Y aquí me pregunto quién ha hecho el voluntariado con quién. Estoy segura que ellos me han aportado más de lo que yo le he podido ofrecerles.

Elisa Martín Romero.
Salamanca.
19/ 06/2015

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