Actividades Pastoral

Mi experiencia en Mozambique (María Ramírez)

Hola, mi nombre es María Ramírez, tengo 21 años. Os escribo para contaros lo que supuso mi experiencia durante un mes en Mozambique. En primer lugar quiero aclarar que siempre deseé conocer África e intentar dar lo mejor de mí cuando llegara ese momento, en concreto Mozambique. De Mozambique siempre he tenido noticias, ya que desde pequeña he estado vinculada a la Congregación Sagrados Corazones, acudiendo al colegio Paraíso SS.CC., y conocía todos sus proyectos solidarios, entre ellos la labor que realizan en Mozambique. En mi caso, gracias a la información que me dio Noemí, una hermana de la congregación SS.CC, y María García, otra hermana de SS.CC., pude ponerme en contacto con los hermanos, Marco y Alberto, quienes organizaban este proyecto.

Realmente nuestra misión comenzó en España a lo largo de dos reuniones de formación que tuvieron lugar en Sevilla y Madrid. Allí Marco y Alberto nos estuvieron informando de en qué consistía el proyecto y lo que nos íbamos a encontrar. Fue una primera toma de contacto donde aprovechamos para conocernos todos los integrantes del grupo.
Y allá me fui. Con la ilusión de formar parte de algo y dar lo mejor de mí y con el temor de no saber si sería todo lo útil que quería ser.

Para mí el mayor reto fue realizar diecisiete horas de vuelo de ida y dieciocho de vuelta, ya que tengo pavor a los aviones, pero con el apoyo y la atención de mis compañeros los pude pasar más tranquila dentro de lo que cabe.
Al llegar al aeropuerto de Maputo tuvimos una gran acogida por parte de Ricardo, padre de la congregación SS.CC. residente en Boane; Felipa, hermana de SS.CC. también residente y Blas, provincial de la comunidad de África. Los tres vinieron a recogernos en coche para llevarnos a la que sería nuestra casa durante los días próximos. Para mí el viaje desde el aeropuerto hasta la casa fue especial, ya que lo que veía a través de la ventana era la primera toma de contacto que tenia con África como continente y Mozambique como país.

Mi primera semana en Boane fue una semana de transición. Aclimatarte a los horarios de allí, las costumbres, las duchas con agua fría, dormir en una cama muy diferente a la de España… al principio cuesta, pero después se convierte en tu día a día y va perdiendo importancia.

En las semanas que han transcurrido como sabéis hemos realizado distintas actividades como ayudar a construir una pequeña parte de una Iglesia, hemos compartido grandes momentos con las niñas del orfanato de San José, con los niños de la escolinha, los niños del barrio, con personas de otras comunidades para compartir su fe, cultivar la machamba (huerta), pintar una iglesia y muchas más actividades, que a pesar de no haber hecho anteriormente muchas de estas tareas, con nuestra voluntad y todo el cariño lo hemos hecho lo mejor posible.

Para mí personalmente de todo lo que hicimos mi mayor debilidad sin lugar a dudas fue estar con los niños. Jugar con ellos, dejar que me peinasen o solo me tocasen el pelo, cantar y bailar canciones tradicionales con ellos o tenerles en brazos era un desbordamiento de emociones: ternura, alegría, me sentía otra vez una niña con ellos y sobre todo me inundaba de mucha felicidad.

IMG-20150826-WA0009Quizá una de las cosas que más me costó fue comprender su cultura y algunas de sus creencias, aunque con el tiempo te das cuenta de que para poder conocerles y dar lo mejor de ti tienes que ser tremendamente observador y dispuesto. Y obviamente no juzgarles por sus costumbres, creencias o cultura.

Los momentos más difíciles de llevar eran aquellos en los que quería hacer y no podía y me sentía impotente sabiendo que en España se podría hacer de otra manera y allí no pueden ni siquiera aspirar a ello. Todavía guardo el recuerdo del día que acompañamos al candidato Pacipio a dar la comunión a personas “dolentes”(enfermas) que no podían ir a la parroquia a celebrar la misa por sus dolencias. Todavía recuerdo esa pareja cuya mujer se había quedado sorda y no podía mover el cuerpo por una dolencia y tenía que depender de su marido el cual se había quedado completamente ciego. U otra mujer que visitamos que no podía moverse ya que padecía una enfermedad reumática. Y a mi estas situaciones me afectaban ya que estas personas si estuvieran en España podrían tener otra calidad de vida mejor.

Aunque no todo han sido malos momentos ya que cuento con muy buenas anécdotas que llenan mi alma de “uma extranha felicidade”. El recuerdo de ver a las niñas del orfanato San José correr tras nuestra camioneta pick up, gritando nuestros nombres dándonos la bienvenida cuando íbamos a visitarlas. Como se las apañaban para subirse a la camioneta con el motor encendido con grandes sonrisas que irradiaban felicidad. O como se montaban y escondían para venirse con nosotros de vuelta a casa.

También queda grabado en mi mente cuando nos movíamos de casa en la ida y en la vuelta las voces de los niños del barrio gritando “irmai María”, porque sabían que al haber tres María nunca se equivocaban. A mí personalmente se me hinchaba el corazón de emoción al oír mi nombre aunque no fuera dirigido hacia mí. Otra de las cosas que me ha enriquecido muchísimo son los valores que se irradian en Mozambique: ese afán de compartir con el prójimo lo poco que tengan, esa hospitalidad, esa sencillez, la humildad. Yo solo recordaba la cita de Mt 25, 35: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui huésped, y me recogisteis»; sinceramente donde más he sentido cerca a Dios ha sido en las caras de los mozambiqueños, en los hermanos y hermanas de la congregación; y en nosotros mismos.

mozambiqueDe aquellos días en Mozambique, soy capaz de recordar cada minuto, cada nombre, cada rostro, cada mirada penetrante (ya que sus ojos son pozos sin fondo llenos de luz), cada sonrisa, el contacto de sus manos, cada experiencia, mejor o peor; que me hacen llegar a ser quien soy ahora; alguien que intenta tener presente cada día que mi misión en la vida está al servicio de la sociedad, esté donde esté, trabaje en lo que trabaje y haga lo que haga.

Me ha encantado aquella vida que teníamos; ese sentimiento de no tener casi nada y no necesitar más. Aquellos paseos acompañando a los niños del barrio a sus casas contemplando el paisaje bajo la luz del atardecer; respirando aire puro y encontrándome con lo más esencial del ser humano. Esas sonrisas compartidas, ese palpito de sentir el alma tan llena que crees que vas a estallar y el sentimiento de riqueza interior que ves en ellos y se te contagia.

Todo lo que he vivido ha supuesto para mí un viaje interior. Que a pesar de haberme alejado de mi zona de confort, he descubierto otras capas de mi misma y de mis compañeros. Me ha ayudado a conocer una nueva faceta de mi misma. Esta experiencia ha supuesto para mí una expedición donde inevitablemente me ha dejado algunas marcas. Y que «somos el reflejo de lo que vemos, de lo que vivimos y lo que nos influye» No quiero dejar de mencionar que el poder estar en Mozambique me ha dado la oportunidad de volver a gente que no veía como alguna hermana y conocer a gente nueva que siempre la tendré en mi corazón. Puedo contar abiertamente que tengo la suerte de contar con una segunda Familia en Boane: Eliseu, Reagan, Pacipio, Ricardo, Mercedes, Felipa, Inmaculada, Maru, Willy, Artemisa, Carolina, Joaquín, Jaqueline, Rómulo, mis niños y sobre todo con mis compañeros de viaje; Mariquilla, María Calderón, Víctor, Loreto, Lucia, Manu, Ramón y los capitanes del barco, Alberto y Marco. KHANIMAMBO

María Ramírez (Antigua Alumna del Colegio Paraíso SS.CC.)

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