Profundizando SS.CC

San Damián de Molokai

Hoy, 10 de mayo celebramos el día de San Damián de Molokai, hermano de los Sagrados Corazones y misionero con los leprosos de Molokai, por los que dio la vida. Os invitamos a entrar en su vida más profunda, la de la adoración y la Eucaristía, de las cuales sacaba la fuerza para entregarse cada día, hasta el final de su vida.

Os ofrecemos unos fragmentos de Alberto Toutin ss.cc. para ayudarnos a hacer este recorrido:

El joven Josef de Veuster ingresó a la congregación en enero de 1859 y tomaría de hábito el 2 de febrero de ese mismo año, adoptando el nombre religioso de Damián. Él sería formado en esta espiritualidad del celo y de la adoración reparadora. En el ministerio de Damián en su vida con los leprosos en la Isla de Molokai enriqueció su vivencia de la adoración, dejándose configurar conforme al Corazón amante de Jesús, siendo reparado por Él y sostenido por la comunión con los hermanos y hermanas. En la adoración encontraría la fuente de consuelo y de servicio a sus compañeros de destino.

A los pies de Jesús, en la adoración, en el sacramento de su entrega hasta el extremo, Damián alimenta el ardor de su celo misionero. Allí contemplando a Jesús, reconoce cuán preciosa es cada persona a sus ojos y hace suyo el voto más esencial: no vivir ya para sí sino para colaborar al bien y a la salvación de los hermanos.

“La vista de lo que las almas han costado a Jesucristo, así como el recuerdo de lo que nuestras propias almas le han costado, debe inspirarnos el celo más grande por la salvación de todo el mundo. Debemos entregarnos a todo lo que puede contribuir a la salvación de las almas. Debemos darnos a ello sin reserva. La medida de nuestro celo ha de ser la de Jesucristo”. (Padre Damián)

En la contemplación de la Eucaristía, Damián entra en la escuela del olvido de sí, de la abnegación para aprender que el celo y la entrega no tienen otra medida que la de la entrega de Jesús, la de amar como Él ama.

“La Eucaristía es el pan de los fuertes del que necesitamos para correr a las tareas más repulsivas y un remedio contra el hastío de un ministerio pesado y a menudo desalentador”. (Padre Damián)

En la Eucaristía Damián renueva sus fuerzas y encuentra la fuente de su alegría, ambas necesarias para no caer en una “melancolía insoportable”, sobre todo cuando no cuenta con hermanos que lo acompañen en el ministerio y para perseverar en el servicio a los leprosos. En la adoración es donde Damián descubre otra forma de fraternidad al saberse en comunión con los hermanos que donde quiera que estén se unen más estrechamente a Jesús y entre sí por la celebración y adoración eucarística.

“Ay mi querido hermano, es a los pies del altar que encontramos la fuerza necesaria en nuestro aislamiento. Es allí también que yo me reencuentro todos los días con usted y con todos los queridos padres de nuestra querida congregación. Sin el Santo Sacramento, una presencia como la mía sería insostenible. Pero teniendo al Señor a mi lado, pues bien continúo estando feliz y contento, y con esta felicidad del corazón y la sonrisa en los labios, se trabaja con celo por el bien de mis pobres leprosos y poco a poco, sin demasiado brillo, se hace el bien”. (Padre Damián)

Damián desempeñó un ministerio pastoral entre los leprosos: en la celebración de los sacramentos, en el acompañamiento de los enfermos hasta su muerte, como médico, carpintero, albañil, organizador de la recreación, gestor de hospital y de orfanato. Pero a medida que la enfermedad de la lepra avanzaba e iba debilitando sus fuerzas y posibilidades de desplazamiento, Damián experimenta que su ministerio crece en eficacia evangélica, esa otra eficacia que consiste en perder para ganar, en morir a sí mismo para recibir la vida.

“La terrible enfermedad que el todopoderoso permite en este momento manifestarse exteriormente era esperada desde que puse el pie en el asilo de los leprosos, hacen ya trece años. La he aceptado voluntariamente de antemano. Espero que gracias a las oraciones de un buen número, Nuestro Señor me dará las gracias necesarias para llevar mi cruz en su seguimiento, hasta nuestro Gólgota especial de Kalawao”.

Damián descubre que su enfermedad unida a la entrega de Jesús, lo abre a la lógica de la cruz, cuya fecundidad reside ya no en los logros que se ven, sino en el darse sin cálculo ni medida, hasta el final, a “fondo perdido”.

Damián se identifica en la enfermedad con el Cristo que permanece en el pobre y enfermo, necesitado de ayuda y apoyo. En todo lo que Damián realizó y padeció por sus hermanos los leprosos, lo hizo por el mismo Jesús, presente en ellos. A los pies de Jesús, en la adoración diaria y en el servicio infatigable a los leprosos, Damián ha sido configurado a Cristo, al que adora y contempla en la eucaristía y sirve en sus hermanos leprosos.

“La alegría y el gozo del corazón que los Sagrados Corazones me prodigan hacen que me crea el misionero más feliz del mundo. Así el sacrificio de mi salud, que el buen Dios ha querido aceptar haciendo fructificar un poco mi ministerio entre los leprosos, encuentro que es después de todo, bastante ligero y hasta agradable para mí.” (Padre Damián)

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