Reflexiones

Ascensión

La Ascensión es un momento más dentro del Misterio Pascual que estamos celebrando. Cuarenta días después de la Resurrección, la fiesta de la Ascensión pone el acento en la exaltación de la naturaleza humana de Jesús. En contraposición a la humillación padecida durante su pasión hasta morir en la cruz, ahora Jesús es glorificado a la derecha del Padre.

El Evangelio nos invita a confiar en la fuerza de su presencia resucitada, alentadora y fiel, y a comprometernos en la construcción de un mundo más solidario, más fraterno, que responda al mandamiento nuevo del amor.

Si algo caracteriza a nuestro Dios es su insistencia en hacerse Dios-con-nosotros. Podemos estar tan acostumbrados a su presencia, su accesibilidad, su cercanía, su eterno Sí… que dejamos de celebrarlo y agradecerlo de corazón; ya no nos admira, ni siquiera nos sorprende su fidelidad para con nosotros, para con nuestro mundo.

La liturgia nos invita a hacer fiesta y celebrar, dejando resonar en nuestro interior esta promesa del Señor: estoy con vosotros, con vosotras; estoy contigo, todos los días. Se nos invita a contemplar y a acoger la presencia del Señor, su empeño por hacerse compañero de camino a lo largo de toda nuestra vida.

A pesar de haber compartido con él la vida y la misión, de conocer bien su pasión por el Padre y por la humanidad; a pesar del testimonio de aquellas mujeres, que presenciaron su muerte y sin embargo aseguraban que estaba vivo; aun habiendo sido testigos directos de su resurrección… algunos vacilaban. También nosotros vacilamos en el seguimiento, perdemos fuerza, pasión en la entrega, perdemos el horizonte, nos cuesta ponernos a la escucha y responder con radicalidad a Dios. La comodidad, la inmediatez, el individualismo, la búsqueda de resultados satisfactorios, el activismo, la indiferencia… ocupan a menudo nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestras energías, nuestro corazón… Hoy es día también de traer, junto a nuestros límites y pecados, los de nuestro mundo, y pedir perdón, con confianza en el poder del Señor, para transformar el corazón, la realidad, la historia… desde dentro, desde lo profundo, y con el deseo de comprometernos, desde nuestra pequeñez, en su sueño de felicidad y plenitud para todos.

Acoger la Palabra y recibir el envío son una misma cosa. María, supo acoger como nadie la Palabra, y responder a Dios en su vida. Ella recibió del ángel la promesa del Dios-con-nosotros, y creyó radicalmente en ella, haciendo de esa palabra de fe el fundamento de su vida en medio de dudas y dificultades. Que la Palabra del Señor, la que nos ha dirigido personalmente a cada uno, se haga también en nosotros fundamento, suelo y camino, para vivirnos siempre en respuesta.

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