Actividades Pastoral

Crónicas Padre Damián 1 y 2

Os ofrecemos las experiencias de Inmaculada y Camino, que participaron en los campos de trabajo de Padre Damián, en la primera y segunda quincena.

Padre Damián 1 – Verano 2017

Fueron trece días de crecimiento, de aprendizaje, de cambio. Trece días de acompañamiento, de humildad, de entrega. Pero sobretodo, fueron trece días de amor, un amor diferente por completo al que hasta ahora había experimentado, porque esta vez tocaba amar al que llevo toda la vida quitándole la mirada. Al que para mí era invisible. Esta vez el amor no era a quien también me quería a mí, sino al desconocido que por un motivo u otro había acabado en la calle. Pero lo hicieron tan fácil…

Todo el miedo y la incertidumbre que llevábamos solo duro el primer día. Fue sorprendente como los educadores, las hermanas de la congregación, los demás voluntarios y, sobre todo los residentes de la casa nos trataron desde el primer momento como parte de la gran familia que se intenta crear.

Lolo, Rocío, Sonia, Loreto, Gema, Inés y yo nos metimos en las dinámicas de la casa, a las que se sumaron las que nos inventamos nosotros. Nos metimos en mañanas duras de limpieza. También tuvimos tardes de meriendas con helados y cartas. Alguna que otra noche de cine y palomitas. Sin poder olvidar la excursión al río, o la visita nocturna a Salamanca. Y por supuesto, la gran fiesta que montamos entre todos por el 18 aniversario de la casa. ¡Toda una graduación! A todo esto hay que sumarle el compartir los desayunos, las comidas, y las cenas. Y entre todas estas actividades estaban las conversaciones, las confesiones, también las risas y algunas lágrimas. No fue hasta entonces, cuando yo personalmente comprendí que la frase de “al dar, se recibe mucho más” realmente tenía sentido.

Y es que ellos, los residentes, sin saberlo han cambiado algo en mí después de esta experiencia. Hay un pedacito de cada uno de los voluntarios que no es igual. Nos han cambiado la mirada: donde había prejuicios, han puesto limpieza; donde había ignorancia, han puesto preocupación; donde había resignación, ellos han puesto esperanza. Nos han enseñado a ser conscientes de que ellos también son hijos de Dios. Es más, de que ellos precisamente, son los preferidos del Padre. Y es que yo creo que en pocos sitios se puede respirar más su misericordia y su amor incondicional que en esta casa de acogida. Todo este cambio se produce cuando escuchas sus historias, cuando ves a la persona más allá del sin techo, del expresidiario o del adicto. Y entonces piensas que tu vida podría haber sido como la de cualquiera de ellos simplemente por la suerte de nacer en un barrio u otro, o por ir creciendo con mejores o peores influencias, o simplemente con un duro golpe en un mal momento de la vida.

Ante todo esto, solo sentirme agradecida a Dios por hacerme ver a través de mi paso por la casa de Padre Damián, que todo lo que se me ha dado gratis, se me ha dado para compartirlo. Porque realmente, compartiendo, se multiplica.

Él solo nos pidió una cosa: que nos amemos los unos a los otros como Él nos amó.

Inmaculada Campillo

MI EXPERIENCIA EN LA CASA DE ACOGIDA PADRE DAMIÁN

Me llamo Camino, tengo 24 años y estoy acabando Derecho y ADE. En este último año de carrera, en el que he sentido la cercanía de la vida laboral, he empezado a plantearme preguntas cuyas respuestas son difíciles de encontrar. Todas ellas giraban entorno a la búsqueda de la felicidad. Preguntas como ¿a qué quiero dedicar mi tiempo el resto de mi vida?, ¿qué pretendo conseguir con mi trabajo? sólo dinero? o algo más?, ¿qué me motiva, me ilusiona y me hace feliz?, eran las que solían dar vueltas por mi cabeza.

En medio de todo este mar de dudas, un amigo me habló del campo de trabajo en la Casa de Acogida de Padre Damián, en Salamanca. No me contó mucho, pero sí lo suficiente. Se trataba de un campo de trabajo de quince días en una casa que acogía a personas sin hogar, la mayoría con problemas de drogodependencia o penitenciarios. Yo nunca había hecho nada parecido pero en ese momento sentí que me ilusionaba la idea y me decidí a participar.

El primer día se basó en conocer, atender y aprender. Llegué a la casa de las hermanas un domingo por la tarde, me presentaron a los que iban a ser mis compañeros de trabajo durante los siguientes días y nos explicaron el funcionamiento de la casa, las normas que debíamos respetar y hacer respetar, y las que iban a ser nuestras principales funciones.

El día siguiente fue ya un día normal de trabajo similar a lo que iban a ser los siguientes. Las funciones principales eran las de servir y limpiar la vajilla del desayuno, la comida y la cena, y hacer las tareas de limpieza que necesitase la casa. Nos solíamos repartir las tareas para que todos variásemos un poco, y al ser un grupo tan pequeño (sólo de cinco), fue muy fácil, nos ayudábamos unos a otros y hasta lo pasábamos bien haciendo las tareas. Formábamos un buen equipo y el ambiente de trabajo era perfecto.

Pero sin duda, la función más importante, desde mi punto de vista, fue la de acompañar y escuchar. Tanto en los ratos libres como cuando nos tocaba acompañar a alguno al médico o a hacer alguna gestión que tuvieran pendiente, aprovechábamos para hablar con ellos, y con el paso de los días, muchos se fueron abriendo. Al principio me costaba asimilar todo lo que escuchaba. Me quedaba perpleja al darme cuenta de todo lo que habían tenido que sufrir estas personas. Historias de injusticia, de mala suerte, de malas decisiones, de malas compañías o de falta de amor y afectividad. Cada historia era distinta, pero todas hacían reflexionar sobre algún aspecto de la vida, valorar mucho más todo lo que tenemos e intentar, desde lo que está en nuestra mano, que sus vidas o las de toda la gente que vive una situación similar cambie un poco.

Tengo que reconocer que hubo momentos en los que esto de intentar que su vida cambiase, no lo tuve tan claro. A medida que pasaban los días, me daba cuenta de que en realidad, mi estancia allí estaba siendo más útil para mí misma que para ellos, que no íbamos a cambiar sus vidas con nuestros quince días de trabajo. Sin embargo ahora creo que quizá no les conseguimos un trabajo, ni que dejaran sus adicciones, pero si puede que consiguiéramos que lo pasaran bien durante unos días del verano, que se desahogaran, se sintieran comprendidos y queridos. A cambio, ellos, las hermanas y los trabajadores de la casa, con su entrega, dedicación y amor, si han conseguido que mi vida y mi mentalidad cambien. Han convertido la visión pesimista que tenía sobre la humanidad en una mirada esperanzada, han cambiado la resignación por indignación, ganas de luchar e ilusión por avanzar. Y creo que con esto quizá si se puede intentar cambiar algunas cosas más.

Sólo espero que todo esto que me ha aportado el voluntariado no se me pase ni se me olvide. Que no se me pasen las ganas luchar por cambiar las cosas y no caiga en las redes de la indiferencia ante las injusticias del mundo. Como decía la argentina Mercedes Sosa “Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”

Camino Becerra Aparicio

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