Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo? (11-sept)

Dicen los que saben, que en la Biblia hay tres preguntas fundamentales, que todos en algún momento tenemos que dejarnos hacer:

¿Dónde estás? ¿Dónde está tu hermano? ¿Quién decís que soy yo?

Las dos primeras, del libro del Génesis, se nos lanzan cada vez que aplastados por el peso de la vida, necesitamos volver a los orígenes (volver a Galilea, lo llaman algunos…).

¿Dónde estás? O traducido… ¿Dónde habitas? ¿Qué pasa dentro de ti? ¿Quién eres? Cuando otro nos pregunta, sin quererlo nos coloca, nos pone en la tesitura de tener que dar razón; la respuesta nos hace conscientes de quiénes somos, arroja luz sobre nuestras incongruencias, sobre nuestro propio pecado… así es Dios. No acusa, solo nos pregunta con cariño, esperando anhelante nuestra respuesta.

¿Dónde está tu hermano? Es la pregunta a Caín, pocos versículos después de la anterior, hecha a Adán. Si lo primero es saber quién soy, parece que la respuesta no puede terminar de darse sin hacer referencia a los otros. Soy en la medida en que me relaciono con mis prójimos, en la medida que juntos, existimos; los otros, de alguna manera me definen y sin ellos no termino de ser yo, no termino de existir. Qué necesario en los tiempos que corren, dejarnos preguntar de nuevo ¿dónde está tu hermano? Porque la sangre de muchos, como la de Abel, sigue gritando a Dios, a nosotros, desde la tierra.

Y en tercer lugar, sólo después de haber pasado por las dos preguntas anteriores: ¿Quién decís que soy yo? La historia de salvación culmina (que no termina) en Jesús. En un tiempo donde andamos perdidos, donde el mundo se vuelve a veces demasiado oscuro, donde tambaleamos y tambalean los otros conmigo, vuelve a alzarse esa mano que sostiene, que nos ancla sobre roca o como dice San Pablo “tenemos un sólido edificio que viene de Dios”. Jesús nos recuerda que, si nos dejamos hacer las preguntas adecuadas, si paramos un instante y afirmamos como Pedro “Tú eres el Mesías”, el Señor de mi vida, el que me quiere y salva, no habrá pecado, oscuridad ni muerte, que tenga la última palabra en nuestra vida. Cuando descubramos que nuestra vida pertenece a Dios, entenderemos algo del evangelio de hoy, y podremos alegrarnos al escuchar “estos que se fían, que arriesgan, que luchan… estos, son mi madre y mis hermanos”.

Qué importante se me hace hoy dejarme preguntar, ofrecer preguntas.

¿Dónde estás?  ¿Dónde está tu hermano? ¿Quién decís que soy yo?

Elena Díaz ss.cc.