Solidaridad

Carta para no olvidar – Somos con otros

Hermano refugiado:

Llevo meses tratando de escribirte, y aún ahora me descubro –como verás– incapaz de terminarla por mí mismo. Y es que, ¿cómo decirte lo que pienso y siento sin que resulte vacío o ingenuo? ¿Cómo dirigirte la palabra sin comprometerme contigo, con tu sufrimiento…? ¿Cómo recordar que estás ahí… sin que me complique la vida?

Hace ya cerca de dos años que vi tu rostro por primera vez. Te vi en telediarios, en periódicos… en Facebook. Supe de ti. Supe de tu lucha por salvar la vida, y no vi la necesidad de distinguir si lo que te amenazaba era la guerra o la miseria. Supe de tus miedos y de tus dificultades para encontrar un lugar donde vivir dignamente. Y hubo, ya entonces, gente buena que me ayudó a ver más allá de tu necesidad: a comprender que traías también alegrías, sueños, posibilidades. Y experimenté ilusión y entusiasmo.

Pero me acostumbré. Me acostumbré a ti en el peor de los sentidos: aprendí a saber de tu existencia sin que me doliera demasiado. Y como estabas lejos, urgencias y dolores más cercanos ocuparon mi atención. Hice, hicimos de ti, sencillamente, un “necesitado”. De la mano de políticos e instituciones –que probaron no estar a la altura de las circunstancias– hice de ti un problema que resolver y no un rostro al que mirar a los ojos. E hice de mí mismo, finalmente, un rehén de mi impotencia.

En estos últimos meses –ahora me doy cuenta– te he visto sin verte. Sé que has muerto a mi puerta: no lejos “en el Mediterráneo”, sino tratando de alcanzar la costa de España. Sé que has buscado nuevas rutas para llegar a Europa, porque la desesperación sabe abrirse camino. He visto a mi país congelar el presupuesto para darte acogida y denegar dos de cada tres las peticiones de refugio… y he sido testigo mudo de tratados que han convertido a Turquía o Marruecos en nuestros guardianes de aduanas. Te he visto llegar a bombo y platillo cuando el barco se llamaba “Aquarius”, pero sé que más a menudo has llegado en anónimas pateras que pasan desapercibidas.

Por eso te escribo estas palabras, insuficientes pero necesarias. Te escribo porque el miércoles pasado, el 20 de junio, fue el Día Mundial del Refugiado y el #noteolvides me hizo darme cuenta de que te había olvidado. Siento vergüenza. Desde ahí te escribo. Lo hago porque, a pesar de no tener solución para tus necesidades, no puedo seguir esperando a tenerla para dirigirte la palabra, decirte “tú”, llamarte hermano.

Hace tiempo, alguien muy querido lloraba su indignación con estas palabras: “Anota en tu libro mi vida errante. Recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío” (salmo 56). Necesito recurrir a palabras de Otro, porque yo soy incapaz, cuando hablo contigo, hermano refugiado, de tener la última palabra. Necesito pedirle a Dios que recoja tus lágrimas junto a las mías y las haga fecundas. Y que me haga recordar que mi vida es tan errante como la tuya, igual de frágil e insegura…

Confiando en una última palabra que no es mía, sino de un Dios bueno que hace que nada se pierda, me despido esperanzado de que llegue el día en que seamos realmente hermanos.

Mientras tanto… que no me olvide. Que al menos pueda escribirte cartas, como esta, para no olvidar.

barca refugiados

Imagen: Mohammed Tayeb

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